Dios mío, Dios mío... ¿por qué me has abandonado?


Esta es la pregunta que grita Jesús desde la cruz, poco antes de morir. Es también el grito del Salmo 22, cuyos primeros versículos dicen:

¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?
Lejos estás de mi súplica, de mis gritos y gemidos.
Clamo de día, Dios mío, y no respondes,
clamo también de noche, y no encuentro descanso…

Camino por las páginas de la Biblia, y escucho estas palabras tan llenas de angustia y dolor. Están en los labios de muchísimas personas. Están también en los ojos de muchos, que no atinan a formular la queja con palabras. Está incluso este grito desconsolado en el silencio de quienes ya han olvidado que han perdido la esperanza.

Puedo alejarme de la Biblia, y regresar a mi mundo. Pero cuando has caminado mucho por los senderos bíblicos, al salir descubres que sus versículos se te han quedado prendidos a los pies, y se han venido contigo. Pues los reconoces en tu sitio: el grito del abandonado está también en los labios, en los ojos y en el silencio de mi gente.

Entonces me encierro dentro de mi habitación, donde no debería escuchar los gritos de nadie.

Y allí, a puerta cerrada, descubro que ese grito florece también, sin consuelo, dentro de mi alma.

*

Miro hacia la pared, donde cuelga esta pintura de mi madre:



Se trata del pueblo donde nació mi abuelo, en el Bierzo. Miro todos esos tejados apiñarse en medio de los árboles, y la capilla que se levanta más allá de las chimeneas, como queriendo escapar hacia el cielo. Miro esas puertas y ventanas, y pienso en todas las almas que habitan allí dentro. La pintura me habla de sus silencios, ocultos en las sombras; pero puedo escuchar el grito, pues sé que está en todo ser humano… al menos una vez en la vida o, lamentablemente, mucho más en muchísimos casos.

Y me pregunto, ¿se puede huir hacia el bosque? ¿Puede uno quitarse de encima esa sensación de abandono, como quien se quita un manto y lo deja en el suelo y corre? Y viene a mi memoria ese misterioso pasaje de dos versículos que aparece en el capítulo 14 de Marcos, inmediatamente después de que Jesús es arrestado:

Le seguía, también, un muchacho cubierto solo por una sábana.
Lo agarraron; pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo.

¿Puedo ser yo ese muchacho que huye desnudo, vestido solo con la pureza y la libertad?

Pero, al menos por ahora, no se me ocurre otro camino que el de la cruz, cuesta arriba. Cargando con ese madero en que son clavados los brazos de Jesús, el madero del abrazo, de la entrega amorosa e incondicional; de los brazos abiertos.

Pensando en ese camino, única vía posible para llegar a ser clavado junto a Jesús y escuchar, de sus propios labios, esas bellas palabras: Hoy estarás conmigo en el Paraíso… haré un breve recorrido por las 14 estaciones del Via Crucis. Tratando de seguir, huella a huella, los pasos de quien abrió ese camino de libertad para la humanidad.

Y mientras camino, tendré los oídos bien abiertos.

Pues aún hoy clama ese grito desde la cruz:

¡Dios mío, Dios mío! Por qué me has abandonado…



Un Via Crucis para el alma


I
En el huerto de los Olivos

Nace en un jardín, entre olivos, el árbol de la cruz.

Pero nace en soledad. Cada vez que levantas la vista, descubres que todos duermen a tu alrededor; te han dejado solo.

¿Estás aún ahí, Señor? ¿Estás aún en el huerto?

¿Me quedé dormido? ¿Me pesan tanto los párpados que no soy capaz de verte…? ¿No soy capaz de reconocerte, aún cuando estás a mi lado?

Quiero abrir los ojos. Quiero despertar.

Quiero verte, a ti, que estás junto a mí, llorando en soledad.


II
Traicionado por Judas y arrestado

¿Por qué te acercas, amigo, a la hora de las tinieblas? ¿Por qué vienes a mí en medio de la noche, con antorchas y linternas?

¿Por qué, si eres mi amigo, vienes con armas? ¿Por qué tu beso es la espada más hiriente de todas?

¿Por qué caminas entre sombras?  ¿Es que no te conozco? ¿Es que no puedo saber de dónde has venido?  ¿Por qué te mueves ahora en la oscuridad?

Unos se quedan dormidos, otros se han ocultado en las sombras, donde no se distingue un beso de un puñal… ¿Estás aún en el huerto, Señor?

¿Dónde estás? ¿Adónde te llevan?


III
Condenado por el Sanedrín

Solo. Como un cordero en medio de los lobos.

¿Eres tú el Mesías?, te preguntan; ¿eres tú el Hijo de Dios?

Te he abandonado a tu suerte. Te he dejado cada vez más solo.

 ¿Cómo responderá el cordero a los lobos? ¿Se convertirá en uno de ellos?

Te he abandonado… si acaso me escuchas, si acaso estás leyendo esto, solo puedo pedirte una cosa: no te conviertas en uno de ellos.

No aprendas ahora a moverte en la oscuridad, como ellos; en la mentira y el engaño. No te quedes dormido, indiferente a lo que pasa.

Donde quiera que estés, donde quiera que hayas sido llevado… míralos de frente, y diles quién eres.


IV
Negado por Pedro

Cada vez más solo.

Quien siempre caminó contigo, y creyó en ti, ahora te mira de lejos. Trata de seguirte, pero no sabe cómo hacerlo.

También él se ha quedado solo, y tiene frío. Se ha sentado con los lobos, en torno a su hoguera. Se ha sentado con los que quieren matarte.

Donde quiera que estés, solo puedo decirte… mírale. No te olvides de él. Él no está mejor que tú. Tiene miedo, y está confundido… Él está ahora con los lobos, pero busca tu mirada con sus lágrimas.

Él no sabe hacia dónde correr. También él ha quedado abandonado a su suerte. El que prometió estar siempre a tu lado… hoy no sabe quién eres, pero necesita pasar por este momento para entender mejor que nunca quién eres. El golpe ha sido inesperado, todos los amigos se han dispersado y ninguno entiende lo que está pasando… Pero tú, que has decidido no olvidar quién eres, puedes aún mirarle a los ojos.

Él también se ha quedado solo.


V
Juzgado por Pilato

Los lobos son cada vez más. Y estás solo, en medio de ellos. Abandonado.

Y te juzgan. Pero no te juzgan con un juicio justo; estás a merced de la ley del que grita más fuerte:

Sus gritos eran cada vez más fuertes… ¡Crucifícalo!

No cedas. El mundo te juzgará con sus gritos, pues es más fácil gritar; es más fácil aullar como lobos. Si ellos estuviesen solos, no te dirían nada… pero ahora están en manada, y tú has quedado solo. Por eso te condenan sin necesidad de un juicio justo; les basta con sus gritos.

No cedas. El mundo te empuja con sus gritos, te empuja hacia un madero. ¡No cedas! Sigue siendo el cordero: sigue siendo tú. Delante te ti ves una cruz… pero ese no es el final del camino. Hay algo más allá… hay alguien más allá.

No cedas a los gritos… no grites tú. Quédate en silencio. Ellos prefieren el aullido y la violencia… quédate con la paz.


VI
Flagelado y coronado de espinas

Los lobos también tienen miedo.

Por eso te han puesto una corona de espinas: pues saben que eres rey. Necesitan ponerte en ridículo. Necesitan reírse de ti.

Por eso te tapan los ojos, y te golpean, y te preguntan: ¿adivina quién te pegó?... Pues saben que eres profeta. Y tienen miedo.

Necesitan reírse de ti.

Los lobos se mueven en manada. Solo sus gritos y sus burlas los hacen sentir alguien.

Hoy te han visto a ti, y ven que te sostienes en pie, solo. Y que miras a los ojos, y sabes responder con la verdad. Hoy tienen frente a sí a uno que sabe quién es.

Y tienen miedo. Ni siquiera saben realmente qué hacer. Ni siquiera se dan cuenta de que tienen miedo.

Por eso te quieren matar. Porque toda su vida han vivido esclavos de la mentira, la violencia y el odio… y han encontrado a alguien que es libre.


VII
Con la cruz a cuestas

Ahora cargas con la cruz. Es tanta tu libertad, que la cargas tú mismo. Nadie te obliga. Tú mismo has decidido no venderte a sus juegos. Tú mismo has decidido no unirte a sus gritos, a su manada. Tú mismo has decidido mirar a los ojos al que te ha dado la espalda. Tú mismo has decidido decir de frente tu nombre, y creer en quien eres, a pesar de que a tu lado todos han caído dormidos e indiferentes, o te han traicionado desde la sombra, donde nadie les ve.

Tú mismo has decidido cargar la cruz de los brazos abiertos. Es pesada, y es una promesa de dolor; pero bien vale el esfuerzo. Sin la cruz los brazos se repliegan sobre sí mismos, se olvidan de amar y aplastan el corazón. Con la cruz caminas con los brazos abiertos de par en par, y vives en libertad y en verdad.

Con la cruz a cuestas sales del palacio de los lobos. Con la cruz a cuestas los dejas atrás, con sus juegos y sus aullidos, y avanzas montaña arriba; con la cruz comienzas a crecer.


VIII
Ayudado por el cireneo a llevar la cruz

Del campo, de lejos, desde fuera, viene el que te ayuda a cargar la cruz. Pasaba por allí. Aparece cuando nadie lo espera, viene de donde nadie espera que venga.

Es forzado a ayudarte a cargar la cruz.

La cruz, con sus brazos abiertos, te empieza a mostrar un mundo nuevo; un mundo que no esperabas. De forma aún muy sutil, el Reino de Dios comienza a hacerse presente en el camino de la cruz.

Has hallado una mano amiga cuando la necesitabas; tú no la pediste, y ella no pidió ayudarte. Pero carga la cruz contigo, y hombro con hombro sale a la luz el primer brote, tímido aún, del Reino.

¿De dónde has salido, campesino, extranjero, cuando no te esperaba? Los lobos te han  echado mano, y te han puesto a la fuerza bajo el peso del madero que yo cargaba… ¡De qué manera misteriosa has conocido el Reino de Dios! ¡Cuántos pobres, abandonados y heridos, cargan con la cruz del amor sin haberla elegido! ¡Y sin haberlo pedido llegan, sin embargo, a lo alto del monte, donde florecerá la cruz, donde brotará de la herida un mundo nuevo, donde se vive en libertad!


IX
Con las mujeres de Jerusalén

Entonces, con la cruz a cuestas, escuchaste el llanto. Una gran multitud de mujeres que lloraban tu cruz.

Pero tú sabes que lo que llevas sobre tus hombros es la vida. La libertad. El madero que cargas es un mundo nuevo, donde los corderos pastan a gusto y se saben libres de la condena injusta del aullido de los lobos. El madero que cargas es un nuevo modo de vivir.

No llores, si cargas la cruz. Llora, si te aferras a lo que has dejado atrás. Llora si no has aprendido a caminar en libertad; si solo una gran multitud es capaz de guiar tus pasos. Pues te llevarán ciegamente a su destino… y nunca conseguirás llegar al tuyo.

Llora si te aferras desesperadamente al madero que ya está viejo y seco, muerto, a punto de desplomarse sobre la manada de lobos que te sostiene… mientras dejas ir el madero joven, fértil, de brazos abiertos, que te puede llevar a la libertad.


X
Crucificado

Y fuiste clavado en la cruz.

Y me pregunté entonces, nuevamente… ¿dónde estás?

Te busqué. Te busqué en todos los sitios donde, de una u otra forma, te abandoné.

Te busqué donde te dejé solo, cuando más sufrías. Donde te traicioné, oculto en la oscuridad, pensando que nadie me veía. Donde te juzgué, y me molestó que me respondieras con la verdad. Donde negué ser tu amigo. Donde preferí escuchar los aullidos de la muchedumbre, que tu voz. Donde me burlé de ti. ¡Te busqué en todos esos sitios!

Me pregunté si fui yo la pesada cruz que cargaste… ¿Viajé cómodamente montado sobre tus hombros? ¿O acaso te ayudé a cargar el madero alguna vez, sin siquiera conocerte? ¿O lloré tu cruz, incapaz de cargar yo con la mía?

Y miro a todos lados, y no consigo hallarte. ¿Dónde estás? Despreciado, abandonado, evitado por todos… ¿dónde has sido clavado?

Donde quiera que estés… ¡si yo pudiera escapar de esta manada de lobos, y dejar de pensar como ellos! ¡Si yo pudiera dejar de ser parte de esta muchedumbre que aúlla día y noche, y pudiese huir desnudo como aquel muchacho y correr en tu busca!

Por eso cierro los ojos, y trato de escuchar con atención las palabras que viajan a lomos del viento… ¿dónde clama ese grito del abandonado? ¿Dónde estás, esperando mi llamada, o siquiera mi mirada? ¿Dónde estás, clamando a Dios que me acuerde de ti? ¿En cuál cruz has sido clavado y abandonado? ¿Acaso has sido clavado en la cama de un hospital, o en una prisión maloliente, o en el último pupitre del aula? ¿O estás en tu habitación, llorando en silencio, en soledad, esperando sin siquiera saber qué esperar?

¿O acaso estás a mi lado… y no he sabido reconocer el brillo en tus ojos, de las lágrimas que no se atreven a salir a tus mejillas?


XI
Prometes tu Reino al buen ladrón

Donde quiera que estés… si estás en una cruz…

…mira a tu alrededor. ¿Ves alguien clavado en una cruz, como tú?

No importa la razón por la cual esa persona haya sido clavada allí. No lo juzgues; para eso están los lobos, que juzgan según los aullidos de la manada. Puede que esa persona te parezca un ladrón, un bandido, un malhechor… no importa. Está sufriendo, como tú.

Toma la mano de esa persona. Apriétala con fuerza, y con amor, y cierra los ojos y dile en silencio a Dios, que está muriendo dentro de esa persona:

Acuérdate de mí, cuando vengas con tu Reino.

Y Dios te responderá:

Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Ahora, deja que ese breve diálogo llene todo tu ser. Deja que cada palabra corra por tus venas…

Y abre tus ojos, y mira los labios del que sufre; y escucha como, en un débil susurro, te dicen al oído:

Acuérdate de mí…

Y escucha a Jesús, que te dice:

Hoy…

¿Puedes?

¿Puedes acordarte de mí… hoy?


XII
En la cruz, tu madre y el discípulo

Ahora mira con atención, desde la cruz.

¿A quién ves?

Junto a la cruz espera el amor.

A veces parece una madre. A veces parece un hijo.

Es una madre que ha quedado sola. Una espada de tristeza ha atravesado su corazón.

El discípulo también ha quedado solo. Es el discípulo amado. El discípulo que ama.

Amar es una locura. Sus amigos de dispersaron, asustados, cuando los lobos vinieron en la oscuridad. Él quedó solo.

Pero decidió no dejar de amar. Por eso está ahí, junto a la cruz.

Quien ama, siempre está cerca de una cruz.

Como la madre. También decidió nunca dejar de amar. Por eso está ahí, junto a la cruz.

Una madre siempre está cerca de una cruz.

Pero la cruz es un madero que florece…

Dile a ella, desde tu cruz:

Mujer, ahí tienes a tu hijo.

Y a él dile, desde tu cruz:

Ahí tienes a tu madre.

Y verás, entonces, cómo los brazos abiertos de la cruz son contagiosos.

Verás cómo, junto a la cruz, junto a la entrega incondicional, nace un nuevo mundo. Una nueva humanidad, que no se comporta como una manada de lobos; una verdadera comunidad, donde la voz de cada uno es la que vale; donde no necesito reírme de ti, donde tus lágrimas me importan y me mantienen despierto, donde somos amigos y hermanos a la luz del día, donde sé decir con firmeza quién soy.

Donde quiera que estés… si estás leyendo esto, y ya no soportas estar clavado en la cruz… o si ni siquiera has llegado a este punto, y aún cargas tu cruz cuesta arriba… hermana, hermano, papá, mamá, hija, hijo mío, no te rindas, la cruz no es el final del camino.


XIII
Mueres en la cruz

¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?

No tengas miedo. ¿Sientes ese abandono? ¿Te sientes abandonado por Dios y por todos?  ¿Ya no podrías estar más solo?

Quizás este es el momento en que Dios está más cerca de ti. Cargaste con el madero, subiste a la montaña, derramaste toda tu sangre en la cruz… Llegaste hasta aquí con los brazos abiertos, ahora ¡déjate abrazar!

Y reclinando la cabeza, entregó el Espíritu…

Entrégalo todo. Reclina la cabeza, como un niño que reclina la suya y se queda dormido, irremediablemente dormido… Quédate dormido en Dios, pues Él necesitaba que llegaras hasta aquí, y ahora quiere tomarte en brazos para darte un nuevo corazón que florecerá como –te aseguro- NUNCA imaginaste… ¡Quédate dormido en Dios!


XIV
Puesto en el sepulcro

En el lugar donde había sido crucificado había un huerto y en él un sepulcro nuevo, en el que nadie había sido sepultado.

Un huerto, un huerto… ¿no comenzó todo esto, en un huerto?

¿No comenzó, de hecho, toda la Creación, con un huerto...?

Si la semilla que cae en la tierra no muere, queda sola;
pero si muere, da mucho fruto.
El que se aferra a la vida la pierde;
el que desprecia la vida en este mundo
la conserva para una vida eterna.


No sé cómo llegaste hasta aquí… si en el momento del trago más amargo todos te abandonaron, o si fuiste traicionado por la persona que amas… si fuiste condenado por decir la verdad, por ser tú, y tus amigos no entendieron lo que hacías y te dieron la espalda… si fuiste arrojado a merced de los gritos de la multitud, o si fuiste burlado y ridiculizado por ser quien eres… si llegaste hasta aquí cargando tu propia cruz, o llegaste cargando la cruz de otra persona, que no era para ti y no deberías haber cargado… no importa. Lo que importa es que llegaste hasta aquí.

Dios no te habría permitido llegar hasta aquí, si no tuviera algo para ti.

El camino ha sido doloroso, cierto; pero nunca olvides lo que dice el salmo 126:

Al ir iba llorando,
llevando la semilla;
al volver vuelve cantando
trayendo sus gavillas.

Quizás llegaste hasta aquí porque estabas solo; aún entre la gente que te rodeaba.

Quizás necesitas seguir cerca de la gente que te rodea, pero necesitas purificarte; purificar tu relación con ellos, y tener con ellos mismos una nueva relación.

O, quizás,  llegaste hasta aquí porque una parte de ti necesitaba morir… para germinar en la tierra, y dar fruto.

Y florecer, más allá del miedo y del frío de la noche; levantarte del suelo, levantarte hacia lo alto del cielo, y desplegar tus ramas como brazos abiertos, en libertad, y compartir con la Creación el perfume de tu Espíritu.

Donde quiera que estés.



Marcos 15, 34. Salmo 22.
Marcos 14, 51-52.
Juan 12, 24-25.

Pinturas:
Macarena. Ana Trejos. Óleo sobre lienzo. 1963.
Baltuille de Arriba. Ana Trejos. Óleo sobre lienzo. 1994.
Girasoles. Ana Trejos. Óleo sobre lienzo. 2013.

Boceto de Ana Trejos, realizado en algún sitio del Camino de Santiago, 2009.

El camino del madero



-Entre ustedes hay alguien a quien no conocen, que viene detrás de mí; y no soy digno de soltarle la correa de su sandalia.

Esto dijo Juan en el desierto.

Entonces nos miramos, sin decir palabra. Habíamos caminado ya durante cuarenta días con sus noches, y el hambre apretaba nuestros estómagos. Habíamos caminado en tu busca, sin hallar aún más que las huellas que habías dejado en el alma de otras personas. Pero nuestras almas permanecían en la oscuridad del desierto, y la esperanza comenzaba a mezclarse con las sombras; con dolor veíamos cómo parecía diluirse en la noche oscura.

-¿Entre nosotros…? –dijo por fin el pastor.

Y era la pregunta que a todos nos dolía en la garganta. Cuarenta días en el desierto… ¿y habías estado todo el tiempo entre nosotros?




-Y el Verbo se hizo carne… y acampó entre nosotros –dijo el mago, con los ojos cerrados, y sonrió.

Sonrió porque, en su repentina confusión por las palabras de Juan en el desierto, había sentido el impulso de cerrar los ojos y buscar en su interior el sentido de esas palabras. Eso es algo que aprendimos en el desierto: somos tierra fértil (adâmah), y desde el principio Dios ha puesto dentro de nosotros las semillas que necesitamos para caminar; todo lo que tenemos que hacer es dejar de andar dando tumbos por las ciudades comprando jardines enlatados, mirar hacia dentro y dejar que las semillas broten. El alma es una semilla que Dios ha sembrado en la pequeña parcela que somos; si ponemos tierra y semilla en manos del Sembrador, sabrá cosecharla y nos veremos florecer y dar fruto.

Del alma silenciosa del mago brotó esa flor inesperada, cuyo fruto compartió de inmediato con nosotros:

-Dios se ha hecho hombre, y habita entre nosotros… entre nosotros ha puesto su tienda de campaña, y la va llevando de un sitio a otro por el desierto, conforme caminamos, a nuestro lado. Jesús es el gran peregrino, el primero de todos… ¡ha abandonado su morada junto al Padre, para venir a caminar entre nosotros!

-Pero, ¿dónde está? ¿Acaso es alguno de nosotros tres? –preguntó el pastor.

-O quizás es tanto que habita en nosotros –aventuré-, que no hemos sabido verle, tan acostumbrados a ver hacia fuera…

Pues, ciertamente, de tanto caminar estos cuarenta días por el desierto de la Biblia, de tanto alejarnos de nuestras costumbres “civilizadas” y empezar a conocer este nuevo mundo donde tiene más pureza la sonrisa y la mirada, el silencio y la extraña melodía de nuestros pasos al caminar, poco a poco habíamos ido descubriendo en nosotros a ese Jesús que buscábamos al final del camino.

-¡Es cierto! –exclamó el pastor-. Cuando yo abandoné mis rebaños para buscar a ese niño nacido en Belén… si bien he caminado más de lo que creía necesario, de alguna manera ese niño ha nacido poco a poco en la cueva que llevo en el alma. Conforme caminaba, Belén me parecía cada vez más lejana… ¡y ahora descubro que la llevo dentro de mí!

-Me ocurre algo parecido –agregó el mago-. Salí de mi tierra siguiendo un sendero que descubrí en las estrellas… Y en el camino las estrellas del firmamento se han apagado una tras otra, y nuevas estrellas se han encendido dentro de mi alma, ¡una tras otra! Y me van indicando un camino distinto, que no esperaba, y que me lleva cada vez más adentro, donde ya puedo atisbar en medio de la oscuridad la mirada de ese Dios tierno y frágil, envuelto en pañales y acostado en un pesebre. ¡Qué Dios misterioso, que no se ha dejado atrapar dentro de lo que torpemente creíamos saber de Él!

-Pero entonces, ¿ahora qué sigue? –pregunté-. ¿Seguir caminando? ¿O sentarnos a esperar? Esa palabra, esperar… ¡No sé si soy capaz de esperar más de lo que ya he esperado!

-No creo que ni nosotros, ni nadie en este mundo, tenga que esperar a Dios más de lo que Él nos ha esperado a nosotros –dijo el mago.

-Propongo que sigamos caminando –concluyó el pastor-. Ya hemos descubierto que Dios no está al final del camino, sino que va llevando su tienda junto a nuestros pasos… ¡Él es el camino!

Así que nos pusimos en pie y comenzamos de nuevo a caminar.

Y aunque íbamos en silencio, y ninguno de los tres lo comentó… ahora el camino nos sabía distinto. Como si nuestros pies tuviesen una especie de paladar, que de pronto había despertado… saboreábamos el camino como hasta ahora no lo habíamos hecho.


Caminando por el desierto, una semilla me brotó del alma; era como una sonrisa que asomaba de lo más hondo de mi ser.

Seguí caminando, y la sonrisa floreció. Era yo, entonces, un jardín que caminaba por el desierto.

Y así, caminando, descubrí a lo lejos un palo que no florecía; estaba plantado en lo alto de un monte, como una solitaria estaca que desentonaba con el resto del paisaje.

-¿Quién eres? –pregunté.

-Soy la cruz –me respondió.

Y ella me enseñó que el jardín que soy, y por más bello que pueda llegar a ser, a menudo debe ser regado con lágrimas.

*

Antes de morir crucificado, estuviste en un jardín. Se conoce como el Jardín de Getsemaní, en la ladera del Monte de los Olivos. Allí, al cobijo de las copas abundantes de estos árboles, te he encontrado.

Te acercaste a mi oído, en el silencio de la noche, y me dijiste:

-Ora, para no caer en tentación.

Pero me quedé dormido.

Mientras dormía, tu alma se sumió en una tristeza de muerte. Cuando quizás más me necesitabas, te dejé solo. Rogaste a tu Padre que te levantara en brazos y te librara de la cruz; pero al día siguiente, cuando clavado en ella morías, te sentiste también abandonado por Él. ¡Qué soledad absoluta! Tanta era tu angustia, que tu piel lloraba lágrimas de sangre.

Y yo dormía. Mis párpados fueron como pesadas cortinas que me impidieron ver lo que hacías por mí.

Y me dijiste:

-Mantente despierto, y ora para no caer en tentación… el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.

Espíritu, carne, carne y espíritu… ¡cuánto nos cuesta conciliar esas dos palabras, y hacer de ellas una armonía en la cual la melodía de la vida pueda florecer! Y ahora, después de caminar cuarenta días con sus noches en el desierto, te he encontrado en este jardín que ha crecido en mi alma, y en medio de flores y bellos frutos me muestras la cruz… ¡y solo en ella consigo ver esas dos palabras en armonioso equilibrio!

Te pedí que me llevaras de la esclavitud a la libertad…

y me diste una cruz.


-Si quieres venir conmigo –me dijiste- niégate a ti mismo, carga con tu cruz y sígueme; porque si tratas de poner tu vida a salvo, la perderás; en cambio, si pierdes tu vida por mí, la salvarás.

Y así salí del Jardín, con un pesado madero a la espalda.

*

-El madero te mostrará el camino…
…me dijiste.

*

El espíritu está dispuesto… pero la carne es débil.

La carne, la tierra fértil, adâmah, es ese pequeño trozo de Creación que soy. Es ese bello caminante que has moldeado del barro.

En él has puesto tu semilla, tu aliento de vida, tu espíritu. El espíritu es ese pequeño trozo del Creador… que soy.

Juntos, carne y espíritu, caminamos.

Algunas veces la carne toma el mando. Entonces deja de ser bella, pues se endurece como tierra seca que aprisiona la semilla y no la deja brotar.

Pero otras veces es el Espíritu quien toma el mando; entonces la tierra se humedece y se abre, y la Vida brota feliz y extiende sus hojas sobre la brisa deliciosa, y derrama su perfume por los caminos y por los pies que los caminan.

Y el Verbo de Dios se hizo carne…
y acampó entre nosotros.
Puso su tienda entre nosotros
y caminando, Dios peregrino, con nosotros
plantó la semilla del espíritu
y el espíritu brotó
como un manantial en medio de la tierra
y nos dio vida, vida en abundancia…

*

Así caminaba yo por el desierto, cargando el madero de la cruz.

No entendía qué tenía que ver aquel pesado traste con mi felicidad; no entendía por qué debía regar mi bello jardín con lágrimas. Sin embargo, decidí confiar en ti… y lo llevé a cuestas.

Frente a mí se levantaba aquel monte, en cuya cima había otro madero, sobriamente clavado en el suelo.

“El madero te mostrará el camino”, me habías dicho; y el madero me dijo que debía ascender aquel monte.


Así es como, en el desierto, comenzamos a aprender a cargar con el madero de la cruz. El mismo madero, sobre nuestra espalda, nos ayuda a mantener los brazos abiertos; pues el camino está hecho de personas que necesitan un abrazo, o una mano extendida para ayudarlos a salir de agujeros en que han caído.

Al caminar con los brazos abiertos, el pecho va descubierto. El corazón va abierto de par en par, dispuesto a amar y ser amado. Habrá muchos tropiezos, y el corazón se irá llenando de heridas; por eso Dios lo creó ya desde el principio como una herida, pues desde que nacemos está siempre sangrando. El corazón está hecho para derramar vida ininterrumpidamente. No debemos tener miedo de amar.

El madero del amor es pesado. Nos hará tropezar, nos hará sangrar, nos hará derramar muchas lágrimas. No puede ser de otra manera. Cuando se ama, se busca sin ningún interés propio el bien de los demás; pero a veces los clavos son necesarios para mantener los brazos abiertos en la cruz. No hay una recompensa por amar, al menos al estilo de las recompensas que este mundo da. El espíritu se va enriqueciendo conforme ama; pero la carne tropieza, pues es débil y cree no estar hecha para estos negocios de Dios.

Por eso es necesario el madero vertical, que está firmemente clavado en lo alto del monte. La fe, que es el extremo inferior que se hunde en el suelo (según una bella manera de entender la cruz de algunos cristianos hace muchos siglos), es como la raíz que nos sostiene. Tiene que ver con el pasado, pues tiene que ver con las promesas de Dios: cuando Abrahán dejó su tierra natal, lo hizo firmemente asentado en la fe en la promesa que Dios le hizo de una tierra llena de bendiciones. La fe de Abrahán consistía en confiar en las promesas que en el pasado le había hecho Dios.

En el extremo superior de la cruz está representada la esperanza. Mientras la fe es como una raíz que sostiene la cruz, la esperanza asciende al cielo y busca a Dios. Tiene que ver con el futuro: Abrahán, que tenía fe en las promesas que Dios le había hecho en el pasado, caminaba con la esperanza de ver un día cumplidas esas promesas.

Eso es cargar la cruz. Con la certeza de que en lo alto del monte tu fe es una raíz profunda y firme, y tu esperanza se eleva a Dios, caminas llevando sobre tu espalda el madero del amor.

*   *   *



Juan 1, 26-27.
Juan 1, 14.
Marcos 14, 32-42; Lucas 22, 39-46.
Mateo 4, 1-11.

Pintura: Olivos. Ana Trejos. Óleo sobre lienzo. 1993.
Fotografía: Ana Trejos, en algún sitio del Camino de Santiago. 2011.

Con este texto termina el Libro de la Cuaresma.
Y ha comenzado, con este mismo capítulo, la tercera parte de la “Guía del camino para magos y pastores”, que titularé simplemente “En el camino”.
A partir de ahora, nos ponemos en camino con Jesús. Dejamos atrás el desierto, de la misma manera que Jesús, tras el arresto de Juan Bautista, regresó a Galilea y comenzó a proclamar la Buena Noticia.
El mago y el pastor han descubierto que el destino no es algo al final del camino; sino que el peregrino lo construye paso a paso.
El desierto queda atrás, sí… pero el mundo al que hemos regresado es ahora, en realidad, un mundo nuevo.
Pues no se trata de adónde llegamos… se trata de lo que somos al llegar.

Un jardín en el alma


Por el desierto va una muchacha, y el amor hizo de ella un jardín.

*

Llegó desde muy lejos y, apenas sintió la inocencia de la arena con sus pies descalzos, cayó al suelo y lloró. Lo único que había conseguido rescatar del naufragio de su mundo era sus heridas, todas palpitando en su piel para recordarle que aún estaba viva.

Más tarde, cuando miraba las estrellas tendida sobre la arena, pensó:

Después de todo, la herida más grande de todas la llevo en el pecho desde que nací… ¡corazón eternamente abierto, que para darme vida nunca dejas de sangrar!

*

Dijo el amado:

Voy a seducirte,
te llevaré al desierto
y te hablaré al corazón.

Ella no lo había escuchado, pues eso fue ayer, cuando su corazón era aún duro como un muro de piedra.

Pero ayer mismo, al anochecer, antes de entrar al desierto, ella escuchó. Las palabras se habían quedado a la espera en algún sitio de su alma, como semillas en la oscuridad de la tierra, y brotaron cuando ella estuvo lista para escucharlas. Pues por la noche su alma se quebró, de tanto andar por la gente en soledad.

Cuando se dio cuenta de que su vida se había quedado encerrada dentro de los muros que ella misma había levantado, y que todos los caminos para salir estaban llenos de espinas, entonces aquellas palabras dulces del amado brotaron en su silencio, y acariciaron sus heridas; y, sintiendo el nudo en la garganta de quien sabe que pronto llorará de alivio, cerró los ojos y entró en el desierto.

*

“Si de verdad lo has creado todo… crea en mí un corazón puro, pon dentro de mí un espíritu nuevo”, fue lo último que atinó a decir, antes de quedarse dormida.

*   *   *

Por el desierto va mi alma… y el amor hizo de ella un jardín.


He podido reconstruir, con ayuda del mago y del pastor, el camino que pudo seguir la muchacha para encontrarse con Dios, el amado. Nos hemos basado en las huellas que hemos hallado en la arena, tanto de ella como de Jesús; además de algunas otras huellas de distinta naturaleza, como el perfume de amor que han dejado en la brisa o las gotitas de luz que han quedado suspendidas en las hojas de los árboles. La misma existencia de árboles en el desierto, con sus flores, sus hojas y sus frutos, da fe de su paso por esta tierra.

De este modo hemos elaborado una especie de mapa del alma, que podría servir de ayuda a quien quisiera también buscar su camino corazón adentro. Las etapas de este peregrinaje coinciden con las de la experiencia de Juan en el desierto, presentes en los primeros capítulos del evangelio, que preparan al discípulo para tener ese primer encuentro con Jesús.



A continuación, con ayuda del mapa, hemos reconstruido también el relato de lo que pudo ser la aventura de la muchacha en el desierto. Para nosotros ha sido una experiencia grata y enriquecedora. Encendimos un fuego en el desierto, nos sentamos en torno a él y, con las estrellas del cielo como único cobijo, dimos rienda suelta a nuestra propia fantasía tras las huellas de la mujer.

Y, si bien es solo fantasía… creemos que de alguna manera describe uno de los posibles caminos del alma; y las nuestras, de hecho, parecían hallar el suyo conforme conversábamos a gusto en el desierto.

*

De cómo llegaste al desierto
y lo que encontraste allí

Cuando un frío amanecer te despertó en el desierto, no recordabas cómo llegaste allí. La noche anterior era un caos en tu cabeza, y en ese mismo caos parecía mezclarse toda tu vida hasta ayer. Como en un caldero de bruja, los recuerdos se perdían entre todas las cosas que quisiste pero no pudiste ser, y no podías distinguir entre lo que había sido y lo que no; ni siquiera eras capaz de distinguir entre tus miedos y tus sueños. Solo sabías, de alguna manera, que era allí donde debías estar, y que el mundo del que habías salido realmente no te pertenecía, a pesar de que durante tantos años lo creíste profundamente tuyo. Ahora, sin saber dónde estabas, te sentías menos perdida que cuando estabas “a salvo” en tu mundo civilizado.

Te costó ponerte en pie, para comenzar a caminar. Pero no era porque te faltaran las fuerzas. Era, en efecto, porque te faltaba algo, pero no fuerza en las piernas… Te quedaste un rato quieta, en silencio, hasta que conseguiste distinguir todo lo que te hacía falta. Te sentías extraña sin los anillos y collares que te habían ayudado a definir tu identidad en el mundo; te sentías vacía.

Te sentías lejos. Hacia cualquier dirección que miraras, sabías que no encontrarías nada. Y extrañabas el ruido. Tus oídos tardaron un rato en acostumbrarse a ese silencio tan absoluto que hay en el desierto.

Entonces, entendiste que –por primera vez en muchísimo tiempo- te habías quedado a solas contigo.


Caminaste. El sentir la arena con tus pies descalzos fue el primer diálogo que tuviste con el desierto. El lenguaje del desierto no es fácil de entender, cuando estamos acostumbrados al ruido. Por eso, al principio nos habla de maneras muy sutiles; el silencio se va enriqueciendo poco a poco, con esa melodía que se desprende con suavidad de los pies al caminar. Luego empiezas a sentir la brisa en tu piel, y eso es otro diálogo. Y escuchas el sonido de las hojas al ser mecidas en las ramas de los árboles.

Ese es el primer diálogo que te hizo sonreír: el de las hojas de los árboles. El diálogo de los pies con la arena te ayudó a sentir el camino; el de la piel con la brisa, te dijo que no te sentaba mal estar sola; y el sonido de las hojas esbozó una sonrisa en tus labios, pues te diste cuenta de que en el desierto hay árboles. Entonces levantaste la vista, y descubriste sus frutos, y las hojas que caían para formar una alfombra a tus pies, y las flores que te decían que ningún sendero es definitivo –pues aparecen a tu paso, donde les da la gana, y te hacen detenerte para disfrutar su perfume y olvidarte por un rato del camino. Y escuchaste el canto de los pájaros en las altas ramas, y los miraste navegar por el cielo sosteniendo en sus pequeños picos la dulce –y siempre suficiente- ramita de felicidad.

-El desierto –dijiste, en un susurro- no es tan desierto como dicen…

Lo que pasa es que siempre entramos al desierto extrañando todo lo que hemos dejado atrás. Y te tomó un rato acostumbrar tus sentidos a la nueva riqueza que te rodeaba… Pues al principio querías seguir escuchando el ruido que tanto daño te hizo, ayer.


Tu propio susurro te tomó por sorpresa. El sonido de las hojas en los árboles se había convertido en sonrisa en tus labios, y esa sonrisa de pronto se había convertido en palabras. Te diste cuenta de que tienes una voz. Cuando estabas en el mundo, te habías acostumbrado tanto a la voz de los demás, que habías olvidado la tuya. Por eso, ahora que susurraste, te pareció la voz de una niña muy pequeña…. ¡tanto tiempo había pasado desde la última vez en que fuiste verdaderamente tú al hablar!

Detuviste tu paso y te sentaste en la hierba. Sí, en la hierba del desierto. Poco a poco el desierto se iba convirtiendo en un jardín, en la medida en que sabías reconocer su belleza. Cerraste los ojos… y escuchaste tu voz. Dejaste que en silencio se fueran derramando las palabras que habían estado esclavas en tu corazón durante años, como las lágrimas de un prisionero que por fin ha recuperado la libertad.

Y tu voz se abrió como una flor, llenando tu alma con su delicioso perfume.


Estoy cerca…

reconociste la voz del amado.

Miraste en torno.

¿Dónde? ¿Dónde estás…?

*

Nos quedamos en silencio. Ninguno de los tres pudo proseguir el relato. El mago fijó su mirada en la lejana oscuridad del desierto; el pastor cerró los ojos, fijando la suya en la noche que llevaba en el alma. Yo me perdí en el resplandor de las llamas de la hoguera, que poco a poco se fueron apagando.

-¿Dónde estás…? –dijo, por fin, el pastor.

-Creo que esa es la pregunta que nos ha traído a los tres a este sitio –agregó el mago.


Voy a seducirte,
te llevaré al desierto
y te hablaré al corazón.

Estas palabras florecían dentro de nosotros, poco a poco, en medio de la noche…


Se presentó Juan en el desierto.
Decía:
-Conviértanse, que está cerca el reino de los cielos.
Salió hacia él toda la población de Judea y todos los habitantes de Jerusalén.
Confesaban sus pecados, y Juan los bautizaba en el río Jordán.
Y decía:
-Entre ustedes hay alguien a quien no conocen, que viene detrás de mí; y yo no soy digno de soltarle la correa de su sandalia. Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo…


Nos quedamos a solas con una pequeña llama que ardía solitaria, en medio de las brasas.

Me quedé a solas.

Para eso me trajiste al desierto. Para hablarme al corazón.

Y en la noche del corazón se encendió una llama, que ardió buscando el cielo.

En la soledad del desierto te acercaste a mi corazón, y en él encendiste la llama de tu Espíritu.

Entonces la llama de tu amor ardió en mi oscuridad, y disolvió las frías cadenas que me ataban; y describió senderos de luz por en medio de mis sombras…

*

Por el desierto va una muchacha, y el amor hizo de ella un jardín.

*   *

En el desierto me diste un corazón nuevo,
un corazón puro y alegre como el de un niño,
y lo hiciste florecer con el fuego de tu espíritu;
y sus ramas se desplegaron hacia ti y hacia toda tu creación,
y los frutos de tu amor hicieron de mi alma el sitio más bello.
Y del centro de mi corazón hiciste brotar un manantial de agua,
pura y alegre como la sonrisa de un niño…

*   *   *

Por el desierto va mi alma…
y el amor hizo de ella un jardín.



Quien beba del agua que yo le daré
no tendrá sed jamás,
porque el agua que le daré
se convertirá dentro de él
en manantial que brota dando vida eterna.


Oseas 2. Salmo 51, 12.
Marcos 1, 4-8. Mateo 3,1-6. Juan 1, 26-27.
Juan 4, 14.

Pintura: Lucía. Ana Trejos. Óleo sobre lienzo. 1999.
Ilustración: Huellas en el desierto. Ana Trejos. 2014.
Mapa para el alma: Andrés Marote.
Pintura: Naia. Ana Trejos. Óleo sobre lienzo. 2012.